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“¡Luis!, ¡Luis!, ¡Luis!, ¡Luis!”, rugía el Calderón

Leonaldo Reyes
Leonaldo Reyes febrero 1, 2024
Updated 2024/02/01 at 7:17 AM
4 Min Read
“¡Luis!, ¡Luis!, ¡Luis!, ¡Luis!”, rugía el Calderón
Los jugadores de la selección española mantean a Luis Aragonés, en el escenario de la plaza de Colón de Madrid durante la celebración de la victoria de España en la Eurocopa 2008. EFE/Alberto Martín/Archivo
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Madrid (EFE).- “Luis, Luis, Luis, Luis”, bramaba el Vicente Calderón. El ritual se repetía cada jornada en el estadio cada vez que el árbitro decretaba falta al borde del área para el Atlético. “¡Luis!, ¡Luis!, ¡Luis!, ¡Luis!”, mientras Aragonés agarraba el balón y lo colocaba con suavidad en el lugar de lanzamiento.

Un partido y otro. “¡Luis!, ¡Luis!”. Y del estruendo al solemne silencio cuando el excelso futbolista tomaba carrera para golpear el esférico. Un lujo para el Manzanares, que disfrutó como nadie, porque Luis era un maestro en el arte de esas ejecuciones, que manejaba con una destreza inigualable.

Cuando este jueves se cumplen diez años de su fallecimiento, acaecido el 1 de febrero de 2014, otra vez el “¡Luis!,¡Luis!” retumba en la mente de todos los aficionados rojiblancos y en la del fútbol español en general. “¡Luis! ¡Luis!”, por muchas cosas. Por su categoría como jugador y estratega, por su arrollador carácter, por su liderazgo, por su ironía, por su sentido del humor, por su cercanía, por su amor y fidelidad a los colores colchoneros, por cambiar el rumbo de la selección española…

De Luis está casi todo dicho. El 26 de noviembre de 1974, 48 horas después de atarse las botas por última vez como futbolista en un partido contra el Sporting de Gijón (2-2), se convierte en entrenador del Atlético, al que lleva a ganar una Copa Intercontinental (1975), una liga (1976-77), tres Copas del Rey (1976, 1985 y 1992), una Supercopa de España (1985) y un ascenso a Primera con el campeonato de Segunda División (2002).

De todos ellos, el ascenso a Primera quedó gradado a fuego en los corazones rojiblancos. Tras un año en el ‘infierno’, el técnico acudió al rescate de los suyos. Luis, entonces entrenador del Mallorca, clasificado para jugar la siguiente Copa de Europa, renunció a mejores ofertas para devolver al Atlético a la categoría que nunca tuvo que abandonar. Llegó, vio y ascendió. Devolvió la ilusión y el cariño a su Atlético en el momento más complicado de su historia.

Por eso “¡Luis!, ¡Luis!”. Por liberar a los hinchas de una profunda depresión. Y seis años después por levantar la Eurocopa de selecciones en el Ernst Happel de Viena. De su inmensa calidad humana y profesional también dejó constancia en el Betis, Sevilla, Valencia, Barcelona, Espanyol, Oviedo y Fenerbahce turco.

Quizá algo arisco en la distancia lejana, pero cariñoso en la corta, nadie que haya estado a sus órdenes habla mal de él. Detrás de ese hombre aparentemente serio y esquivo, se escondía un líder con un carisma imponente. Sincero, directo y cercano, Luis era un genio, un futbolista y entrenador inigualable. Tanto, que su leyenda es eterna y su estrella no se apaga nunca. Diez años después de su fallecimiento, otra vez “¡Luis!, ¡Luis!, ¡Luis!, ¡Luis!”.

 


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