Por Leonaldo Reyes
Madrid, España.-La militancia del Partido Revolucionario Moderno (PRM) en la seccional de Madrid vive días de profunda estupefacción. Lo que se perfilaba como un proceso democrático y participativo para elegir a sus representantes locales se transformó, de la noche a la mañana, en un ejercicio de designación teledirigido desde las altas esferas de la organización. Los teléfonos de las bases no han dejado de arder, reflejando una indignación colectiva ante lo que consideran una traición flagrante al espíritu democrático de la formación.
Durante meses, varios aspirantes de la diáspora recorrieron los diferentes distritos madrileños, sumando apoyos, desgranando propuestas y gastando suela en busca del voto de los afiliados. La ilusión de una competencia justa mantenía viva la maquinaria partidista en el extranjero, con debates intensos y una militancia activa que creía, ingenuamente, que su voz dictaría el destino del partido en la capital española. Sin embargo, toda esa energía se disipó cuando se impusieron las candidaturas desde la cúpula central.
La irrupción de estas candidaturas impuestas, decididas sin previo aviso ni consenso con los líderes comunitarios de Madrid, cayó como un jarro de agua fría sobre los proyectos locales. La dirección nacional suele justificar estos movimientos alegando razones de «estrategia superior» y «necesidad de unidad». No obstante, para los líderes locales que se batieron el cobre en los barrios madrileños, la maniobra se tradujo en un desprecio absoluto a su trayectoria y al trabajo de base.
El desencanto se palpa en el ambiente de las reuniones, donde el entusiasmo por el cambio ha sido sustituido por el silencio tenso de la derrota administrativa. A los aspirantes del PRM en Madrid, con esta maniobra fulminante, los dejaron literalmente oliendo a donde guisa. Se quedaron a las puertas de la cocina del poder, percibiendo el aroma de unas decisiones que se tomaron muy lejos de sus manos y de las que no les permitieron probar ni un solo bocado.
Esta metáfora culinaria describe a la perfección la frustración de quien ve el banquete servido pero se queda con el estómago vacío. Los candidatos de la seccional tenían los ingredientes, el fuego encendido y el respaldo de los comensales, es decir, de los afiliados de la diáspora. Pero la jefatura prefirió traer el plato ya preparado desde Santo Domingo, obligando a toda la delegación de Madrid a tragarse un menú electoral que nadie en la región había solicitado.
Los corrillos políticos en la comunidad dominicana de Madrid no hablan de otra cosa que de la pérdida de autonomía de la seccional. Históricamente, la plaza de Madrid ha sido un bastión importante y con carácter propio dentro del PRM, capaz de movilizar el voto exterior con fuerza. Con esta imposición, la dirección nacional neutraliza a los liderazgos emergentes de la diáspora, enviando un mensaje de autoridad indiscutible: las reglas las dicta la central.
Las reacciones de los aspirantes damnificados no se han hecho esperar, aunque muchos prefieren mantener la cautela por miedo a represalias o al ostracismo político dentro de la organización. «Nos han dejado descolocados y sin margen de maniobra; es una falta de respeto al trabajo que hacemos en el exterior», confiesa un militante que coordinaba uno de los proyectos truncados. El sentimiento de haber sido utilizados para simular una falsa pluralidad es unánime.
Por su parte, los defensores de la disciplina partidaria argumentan que la situación política exige perfiles específicos y alineados estrictamente con la estrategia de la alta dirigencia. Aseguran que las designaciones garantizan la cohesión interna y evitan divisiones traumáticas en ultramar. Es un pragmatismo frío que choca frontalmente con el deseo de la militancia de base, que exige que se respete el derecho a elegir y ser elegidos.
El peligro inmediato para el PRM en Madrid es la desmovilización de sus propios cuadros y de la comunidad que los apoya. El éxito de cualquier campaña en el exterior depende del entusiasmo de los voluntarios que defienden las siglas en el día a día. Si la base se siente ninguneada y percibe que sus esfuerzos no valen nada frente a las decisiones de la cúpula, la maquinaria electoral corre el riesgo de debilitarse de cara a los próximos compromisos.
El tiempo dirá si la imposición resulta ser una jugada efectiva o un error estratégico que fracture el apoyo de la diáspora en España. De momento, el panorama es desolador para los liderazgos locales de la seccional de Madrid. Mientras los bendecidos por la cúpula intentan recomponer las relaciones y posar para la foto de la unidad, los aspirantes legítimos asimilan el golpe, sabiendo que los dejaron fuera del juego, mirando de lejos y oliendo a donde guisa el poder.
