CRÓNICA: Hombre se quita la vida con 120 pastillas y una cuerda de guitarra

Leonaldo Reyes
Leonaldo Reyes junio 19, 2026
Updated 2026/06/19 at 2:16 PM
4 Min Read
CRÓNICA: Hombre se quita la vida con 120 pastillas y una cuerda de guitarra
CRÓNICA: Hombre se quita la vida con 120 pastillas y una cuerda de guitarra
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Por Leonaldo Reyes 

Madrid, España.-La luces de la Gran Vía parpadeaban con una intensidad frenética aquella última noche. Entre el gentío que inundaba las aceras de Madrid, su figura se mezclaba de forma anónima, buscando quizás en el bullicio una tregua para el ruido interno. El destello de los neones y el murmullo constante de la avenida principal prometían una evasión que, al menos por unas horas, pareció funcionar.

​La música de los locales nocturnos se convirtió en el refugio perfecto donde sepultar los pensamientos. El alcohol, las risas ajenas y el ritmo de la pista de baile crearon un espejismo de normalidad y euforia. Quienes lo vieron esa madrugada solo presenciaron a alguien más entregado a la fiesta, devorando la noche madrileña como si el mañana no existiera.

​Sin embargo, el amanecer trajo consigo el inevitable final del letargo. El regreso a casa estuvo marcado por el contraste brutal entre la vibrante energía de la discoteca y el silencio sepulcral de las calles vacías. Al cruzar el umbral de su puerta, la realidad esquivada regresó de golpe, desmantelando cualquier rastro de la alegría ficticia de las horas previas.

​La soledad del hogar se transformó rápidamente en un escenario de fría determinación. Sin dudarlo, comenzó a reunir los elementos para un plan que parecía gestado en la más profunda de las sombras. Sobre la mesa, una cantidad alarmante de blísteres vacíos empezó a acumularse, sumando cerca de 120 pastillas que aguardaban su turno.

​El primer acto de la tragedia se consumó con la ingesta masiva de los fármacos. Uno a uno, o en desesperados puñados, los comprimidos fueron bajando, introduciendo en su organismo una tormenta química destinada a apagar la conciencia. El veneno silencioso empezó a correr por sus venas, ralentizando sus pulsaciones y nublando su mente.

​No conforme con la letal dosis que ya recorría su cuerpo, buscó un elemento adicional para asegurar el desenlace. Su mirada se posó en una vieja guitarra y, con precisión gélida, arrancó una de sus cuerdas metálicas. El delgado hilo de acero, diseñado para crear música, se convirtió en un instrumento de destrucción absoluta.

​Con las manos temblorosas pero firmes en su propósito, se colocó la cuerda de guitarra alrededor del cuello. La tensión del metal comenzó a presionar la piel, cortando el paso del aire y acelerando la asfixia que los medicamentos ya preparaban desde el interior. El espacio se redujo a ese doloroso y definitivo nudo.

​El colapso no tardó en llegar debido al violento efecto combinado de la sobredosis y la estrangulación. El cuerpo, exhausto y envenenado, cedió finalmente ante la falta de oxígeno, provocando un desmayo inmediato. Al perder el conocimiento, la resistencia física desapareció por completo, dejando el destino sellado.

​Fue en ese instante de inconsciencia cuando la fina cuerda de acero ejerció su máxima crudeza. La presión despiadada seccionó la carne y los vasos sanguíneos del cuello, permitiendo que la sangre comenzara a brotar de manera incontenible. El fluido vital se derramó en silencio, tiñendo el suelo en el más trágico de los epílogos.

​El proceso llegó a su fin en la quietud de la habitación, lejos del eco de la Gran Vía que pocas horas antes lo cobijaba. La hemorragia severa y el paro cardiorrespiratorio detuvieron por completo sus funciones vitales hasta certificar la muerte. Así se apagó una vida, en un tránsito desgarrador que comenzó con luces de fiesta y terminó en la más absoluta oscuridad.


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