Por Leonaldo Reyes
La mansión gótica se alzaba en una colina de terciopelo negro, bajo una luna color sangre. Dentro, el aroma a tabaco de hoja, whisky añejo y triunfo político se mezclaba en una densa niebla. El senador Augusto De La Vega, conocido por sus discursos de fuego y promesas incumplibles, reía a carcajadas. A su lado, el abogado penalista Ricardo Montes, cuyas manos habían torcido la justicia en innumerables ocasiones, bebía con desenfreno.
Frente a ellos, en un sillón de ébano tallado con figuras dantescas, estaba Mefisto. No el diablo de cuernos y tridente, sino uno elegantemente vestido con un esmoquin que parecía absorber la luz. Los tres celebraban: copas en alto, música de jazz resonando en los muros, la alegría embriagadora del poder y la impunidad.
«¡A la campaña más exitosa de la historia!» clamó De La Vega, levantando una copa. Llevaba meses en la cima de las encuestas, su popularidad había escalado a niveles absurdos. Montes, su estratega legal, había barrido cada acusación y enterrado cada escándalo. El pueblo los amaba, o al menos, votaba por ellos.
Mefisto sonrió, un gesto que no alcanzaba sus ojos carmesí. Había proporcionado la chispa. El carisma inagotable para el político, la habilidad para manipular leyes y conciencias para el abogado. Un intercambio justo: almas por influencia terrenal, y la promesa de una «celebración» anticipada.
La fiesta era un éxtasis constante. Camareros invisibles reponían las copas, la música nunca cesaba, los manjares aparecían por arte de magia. Hablaban de cifras récord, de la oposición pulverizada, de cómo el poder real era la capacidad de hacer que la mentira pareciera verdad.
El ambiente, sin embargo, comenzó a cambiar. Las risas se tornaron huecas. La música, antes vibrante, sonaba como un eco metálico. De La Vega sintió un frío que no correspondía a la temperatura de la sala, y Montes notó que el whisky tenía un regusto amargo a azufre.
Mefisto colocó su copa vacía en la mesa de cristal. El sonido fue un golpe seco que silenció la música de golpe. Su mirada se fijó en el político y el abogado, y por primera vez, sintieron miedo. Un miedo primal que ni todo su poder podía acallar.
«Han disfrutado mucho de la campaña, mis amigos», dijo el diablo, con una voz que de repente sonó como grava raspada. «La popularidad, la impunidad, el lujo sin límites. Todo fue parte del rally final, la puesta en escena para mantener alta su moral».
De La Vega intentó protestar, su garganta falló. Montes intentó argumentar, buscando un tecnicismo legal, pero sus conocimientos se esfumaron. El diablo se puso de pie, y al hacerlo, la mansión gótica se desvaneció, reemplazada por un paisaje de ceniza incandescente.
«Ahora», continuó Mefisto, señalando el horizonte de fuego con una mano de uñas afiladas, «la campaña ha terminado. Damas y caballeros, bienvenidos a la realidad de su mandato eterno. Que comience la verdadera fiesta».
