Por Leonaldo Reyes
La política dominicana, históricamente, ha sido un campo de batalla donde el bien común a menudo se sacrifica en el altar de los intereses partidistas. En la actualidad, esta dinámica se manifiesta con particular intensidad entre los principales actores políticos: el Partido Revolucionario Moderno (PRM), la Fuerza del Pueblo (FP), el Partido de la Liberación Dominicana (PLD) y el Partido Reformista Social Cristiano (PRSC).
El egoísmo político, la incapacidad de mirar más allá de la victoria electoral y el control del poder, se ha convertido en una barrera insalvable para el progreso de la nación.
El PRM, en el poder, ha mostrado una tendencia a consolidar su posición, a menudo ignorando las voces de la oposición y centralizando las decisiones. Si bien la gobernabilidad es fundamental, una gestión sin contrapesos puede derivar en una agenda unilateral que no atiende las necesidades de todos los sectores de la sociedad.
La falta de apertura al diálogo con otros partidos, incluso en temas de vital importancia nacional, genera un ambiente de confrontación en lugar de colaboración.
La Fuerza del Pueblo y el PLD, por su parte, se encuentran en una constante pugna por la hegemonía del electorado que una vez compartieron. Esta rivalidad, más allá de ser una competencia democrática, se ha transformado en un obstáculo para la formulación de una oposición cohesionada y constructiva.
Su energía se consume en ataques mutuos y en el intento de desacreditarse, dejando de lado su rol fundamental de fiscalizar al gobierno y proponer alternativas viables para el país.
El Partido Reformista, que alguna vez fue una fuerza dominante, lucha por recuperar su relevancia. En lugar de unirse a otras fuerzas para impulsar una agenda común, a menudo se ve envuelto en alianzas coyunturales que responden más a la supervivencia política que a una visión de país.
Su posición a veces vacilante lo convierte en un actor menos influyente en las grandes discusiones nacionales.
El egoísmo de cada partido se manifiesta en su resistencia a ceder, a negociar y a priorizar los grandes desafíos que enfrenta la República Dominicana. La educación, la salud, la seguridad ciudadana, la reforma judicial y la crisis energética son temas que requieren un consenso nacional. Sin embargo, las propuestas se evalúan no por su mérito, sino por quién las presenta.
Si la iniciativa proviene de un partido rival, se desestima o se critica sin una evaluación objetiva.
Este panorama de confrontación constante debilita la institucionalidad democrática. La ciudadanía, testigo de esta lucha de poderes, pierde la fe en la política como herramienta de cambio. La polarización se profundiza y la desilusión se convierte en un factor de abstencionismo y desinterés cívico.
Es imperativo que los líderes políticos de todos los partidos comprendan que el bienestar de la nación está por encima de cualquier ambición personal o de grupo. El diálogo sincero, la negociación y la capacidad de llegar a acuerdos son los pilares de una democracia sana. Superar el egoísmo político no es un signo de debilidad, sino de madurez y de un verdadero compromiso con el futuro de la República Dominicana.
Solo así, trabajando juntos, podrán abordar los grandes retos que el país enfrenta y construir un futuro más próspero para todos los dominicanos.
