Por Leonaldo Reyes
En los pasillos del poder, se susurra una historia tan vieja como la política misma: la del político que, cegado por la ambición, le vendió su alma al diablo. No se trató de un pacto para gobernar el mundo, sino de un trato sutil, casi imperceptible, para ascender un solo peldaño, a expensas de la confianza de un compañero de base.
El «diablo» en este caso no tiene cuernos ni cola, sino la forma de una promesa de poder absoluto, de una eliminación de un rival que, hasta hace poco, se llamaba «amigo» o «aliado». El político en cuestión, ante la encrucijada entre la lealtad y el ascenso personal, optó por la traición. Manipuló las reglas, susurró mentiras a los oídos correctos y, con una frialdad calculada, sacrificó la relación más valiosa de la política: la confianza de sus iguales.
Logró su objetivo: la silla, el título, el control. Pero en el proceso, perdió algo más valioso que cualquier posición: la credibilidad y el respeto. La victoria efímera se convirtió en una carga, pues el eco de su traición resonaba más fuerte que cualquier discurso triunfalista.
Porque la verdad de estos pactos es que el diablo siempre cobra su deuda, y lo hace en la moneda más dolorosa: la soledad y el vacío moral. El político puede estar rodeado de poder, pero ya no puede confiar en nadie.
Al final, la historia nos enseña que el alma de un político no es solo suya. Es un bien público, una promesa de integridad que, una vez vendida por un puñado de poder, deja un vacío que ninguna victoria puede llenar.
La lección es clara: el precio de la traición siempre es más alto de lo que cualquier posición puede justificar.
