Por Leonaldo Reyes
Santo Domingo,RD.»El 31 de agosto de 1979 quedó grabado como una cicatriz imborrable en la memoria colectiva del pueblo dominicano. Aquella tarde, el cielo comenzó a teñirse de un gris oscuro y pesado mientras las alertas meteorológicas intentaban en vano preparar a una población inexperta ante el desastre inminente. La furia de la naturaleza se aproximaba sin tregua a las costas de la isla.
El huracán David irrumpió en territorio dominicano transformado en un monstruo de categoría 5, registrando ráfagas de viento desgarradoras que superaron los 240 kilómetros por hora. En cuestión de minutos, la calma cotidiana fue suplantada por un rugido sordo y ensordecedor que levantaba techos de zinc y derribaba árboles centenarios como si fueran frágiles cerillas.

El ojo del ciclón embatió directamente el sur del país, castigando severamente a las provincias costeras y a la capital, Santo Domingo. La fuerza del oleaje convirtió el malecón en un escenario de ruina, destruyendo estructuras viales y barcos, mientras los ríos crecían desaforadamente inundando comunidades enteras a su paso.
Uno de los momentos más trágicos ocurrió en la comunidad de Padre Las Casas, en Azua, donde el río Yaque del Sur destruyó una iglesia y una escuela que servían de refugio. Cientos de familias que buscaban resguardo en las sólidas paredes del templo perecieron ante la fuerza imparable de la riada, convirtiendo el lugar en un símbolo del dolor nacional.

Al salir el sol tras el paso del fenómeno, el panorama del país era desolador. La infraestructura eléctrica, las redes de telecomunicaciones y las vías de transporte habían colapsado en su totalidad, dejando a las comunidades incomunicadas y a gran parte del territorio nacional sumido en la más absoluta oscuridad.
El sector agrícola, motor fundamental de la economía dominicana, quedó completamente arrasado. Vastos campos de plátano, café, cacao y caña de azúcar quedaron sepultados bajo toneladas de lodo o arrasados por los vientos, lo que provocó una escasez inminente de alimentos y pérdidas millonarias irrecuperables a corto plazo.

Por si la violencia de David fuera poco, la tragedia se profundizó pocos días después con la llegada de la tormenta tropical Federico. Las constantes precipitaciones de este nuevo sistema saturaron los suelos ya colapsados, complicando las labores de rescate y extendiendo la pesadilla de los damnificados.
El balance del desastre arrojó cifras devastadoras: más de 2.000 vidas perdidas y cerca de 200.000 personas sin hogar. Miles de familias perdieron absolutamente todo en cuestión de horas, teniendo que sobrevivir durante meses entre escombros y refugios improvisados.
Frente a la catástrofe, la solidaridad del pueblo dominicano y la ayuda internacional se movilizaron de inmediato para canalizar víveres, medicinas y reconstruir los servicios básicos. De las ruinas nació un espíritu de resistencia que empujó a la nación a levantarse pacientemente de la adversidad.

A 47 años de aquella catástrofe, la tragedia del huracán David transformó para siempre la gestión de riesgos en la República Dominicana. Este evento obligó a reformar los protocolos de emergencia y a modernizar los organismos de protección civil, dejando la enseñanza perpetua de que la prevención es vital ante la fuerza destructiva de la naturaleza.



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